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¿Por qué algunas personas son más resilientes? La ciencia lo explica

Índice de contenidos
La resiliencia es uno de los fenómenos más fascinantes que hemos observado en la ciencia: algunas personas logran mantener su salud mental incluso ante circunstancias extremadamente traumáticas. De hecho, durante años, los investigadores nos hemos preguntado por qué ciertos individuos se adaptan mejor a la adversidad que otros.

Contrario a lo que muchos piensan, la resiliencia no es una cualidad innata con la que nacemos. Se trata de una capacidad que podemos desarrollar a lo largo del tiempo, influenciada por factores individuales, familiares, comunitarios y culturales. Además, esta habilidad está profundamente relacionada con nuestro equilibrio emocional y nuestra capacidad para mantener el control en situaciones estresantes.
En este artículo, exploraremos las bases científicas que explican por qué algunas personas son más resilientes que otras, analizando desde los cambios cerebrales hasta los factores biológicos que influyen en esta capacidad tan vital para nuestro bienestar.
El Cerebro Resiliente: Base Científica
Desde una perspectiva neurobiológica, la resiliencia representa nuestra habilidad para adaptarnos exitosamente al estrés agudo, trauma o formas más crónicas de adversidad. Los estudios científicos han revelado aspectos fascinantes sobre cómo nuestro cerebro desarrolla esta capacidad adaptativa.
Cambios cerebrales en personas resilientes
La neuroplasticidad, fundamental para la resiliencia, permite que nuestro cerebro se modifique y adapte a lo largo de la vida. Las investigaciones han identificado circuitos cerebrales específicos involucrados en este proceso. Principalmente, la amígdala participa en el procesamiento emocional, mientras que el hipocampo evalúa el contexto y genera mapas espaciales. Además, la corteza prefrontal medial desempeña un papel crucial en la evaluación contextual y la resolución de problemas.
El papel de las hormonas del estrés
Cuando enfrentamos una amenaza, el hipotálamo activa un sistema de alarma que estimula a las glándulas suprarrenales para liberar hormonas como la adrenalina y el cortisol. El cortisol, considerada la hormona principal del estrés, aumenta la glucosa en sangre y mejora su uso en el cerebro. Sin embargo, la exposición prolongada a estas hormonas puede alterar significativamente los procesos corporales.
Genética vs. ambiente en la resiliencia
La interacción entre genes y ambiente juega un papel determinante en nuestra capacidad de resiliencia. Las investigaciones han identificado variantes genéticas que afectan los niveles y la actividad de moléculas relacionadas con el estrés. No obstante, los mecanismos epigenéticos permiten modificar la expresión de estos genes según el entorno específico de cada persona.
El amor, la empatía y el reconocimiento activan mecanismos epigenéticos que favorecen el funcionamiento cerebral y del sistema inmune. Además, el tipo, la intensidad y la duración de las experiencias adversas moldean nuestra respuesta conductual, determinando si desarrollamos vulnerabilidad o resiliencia.
La plasticidad sináptica, que implica la capacidad de conexión y desconexión entre neuronas, resulta especialmente relevante en este proceso. Los genes de expresión temprana son fundamentales en la reorganización de los ensambles neuronales, particularmente durante las primeras etapas de vida. Por tanto, aunque la vulnerabilidad al estrés está parcialmente determinada por la genética, las experiencias tempranas juegan un papel crucial en el desarrollo de la resiliencia.
Factores Biológicos Clave
Los mecanismos biológicos que sustentan la resiliencia son complejos y fascinantes, involucrando una intrincada red de sistemas que trabajan en armonía para mantener nuestro equilibrio interno.
Sistema nervioso y resiliencia
El sistema nervioso central actúa como director de orquesta en la respuesta resiliente, coordinando una red sofisticada de neurotransmisores y hormonas. La noradrenalina, emanada del locus coeruleus, mantiene nuestro estado de alerta y supervisa las funciones neurovegetativas simpáticas. Además, la serotonina, a través de sus receptores 5-HT1A y 5-HT2, orquesta un delicado equilibrio entre efectos ansiolíticos y ansiogénicos.
La dopamina desempeña un papel fundamental como regulador central de la conducta y respuesta al estrés, guiando funciones de recompensa y motivación. Por otra parte, el ácido gamma-aminobutírico (GABA) actúa como el principal neurotransmisor inhibidor en el cerebro, regulando el estrés y la ansiedad.
Respuesta al estrés adaptativa
El estrés, contrario a la creencia popular, no siempre es negativo. De hecho, el estrés agudo representa una respuesta natural y necesaria para la supervivencia. Durante una situación estresante, nuestro organismo activa el Síndrome General de Adaptación, que consta de tres etapas principales:
- Fase de alarma: El cuerpo reconoce el estímulo estresante y activa la respuesta de lucha o huida
- Fase de resistencia: El organismo intenta adaptarse al estrés continuo
- Fase de agotamiento: Los recursos del cuerpo se agotan si el estrés persiste
La dehidroepiandrosterona (DHEA) emerge como un regulador crucial, controlando el impacto del cortisol en nuestro cerebro. Asimismo, el neuropéptido Y (NPY) modula la respuesta al estrés y promueve la estabilidad emocional.
La respuesta adaptativa al estrés involucra también al eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HHA). Cuando este sistema se activa, el hipotálamo secreta la hormona liberadora de corticotropina (CRH), que a su vez libera la hormona adrenocorticotrópica (ACTH) de la glándula pituitaria. En consecuencia, las glándulas suprarrenales producen cortisol, fundamental para el manejo del estrés y la homeostasis.
Desarrollo de la Resiliencia
El desarrollo de la capacidad resiliente comienza desde los primeros años de vida, moldeándose a través de nuestras experiencias y aprendizajes. Además, esta habilidad evoluciona constantemente, adaptándose a las diferentes etapas de nuestro crecimiento personal.
Etapas tempranas de vida
Durante la infancia temprana, la resiliencia se construye principalmente a través de las relaciones con nuestros cuidadores primarios. Los niños que reciben amor incondicional y apoyo consistente desarrollan una base sólida para enfrentar adversidades futuras. Asimismo, las experiencias positivas en esta etapa fortalecen el vínculo de apego, elemento fundamental para el desarrollo de una resiliencia primaria.
Experiencias transformadoras
Las vivencias significativas actúan como catalizadores en el fortalecimiento de nuestra capacidad resiliente. Por ejemplo, el voluntariado y la participación en grupos comunitarios proporcionan oportunidades valiosas para desarrollar habilidades sociales y emocionales. Igualmente, las actividades deportivas y artísticas contribuyen significativamente al desarrollo de la resiliencia, fomentando la perseverancia y la autoexpresión.
Aprendizaje continuo
La resiliencia no es un estado permanente sino un proceso dinámico que fluctúa según las circunstancias vitales. Durante la adolescencia, por ejemplo, se fortalece a través de la socialización y la construcción de identidad. En la edad adulta, se manifiesta en la capacidad para adaptarse a cambios laborales y personales.
Para fortalecer esta capacidad, resulta fundamental:
- Establecer metas realistas y reconocer los logros alcanzados
- Desarrollar una conciencia emocional profunda
- Mantener una red de apoyo social sólida
- Cultivar la flexibilidad ante los cambios
- Priorizar el autocuidado físico y mental
La experiencia adquirida en cada etapa vital contribuye al desarrollo de una resiliencia más sólida, permitiéndonos afrontar desafíos con mayor sabiduría y serenidad. Particularmente, los adultos mayores suelen desarrollar una resiliencia más robusta, fundamentada en la experiencia acumulada que les permite aceptar limitaciones y enfocarse en el bienestar emocional.
Hábitos Que Fortalecen el Cerebro
Nuestro cerebro, al igual que un músculo, necesita ejercicio y cuidado constante para mantener su capacidad resiliente. Los hábitos diarios que adoptamos tienen un impacto directo en su funcionamiento y adaptabilidad.
Ejercicio y neuroplasticidad
La actividad física regular desencadena cambios significativos en nuestro cerebro. Durante el ejercicio, se activa la neurogénesis en el hipocampo, área fundamental para la memoria y el aprendizaje. Además, el ejercicio aeróbico continuado estimula la producción de BDNF, una proteína esencial para la plasticidad sináptica.
El ejercicio físico también provoca un aumento del flujo cerebral y del volumen sanguíneo, incrementando el suministro de oxígeno y glucosa al cerebro. Asimismo, favorece los procesos de crecimiento celular y estimula la eliminación de desechos metabólicos.
Descanso reparador
Un sueño de calidad fortalece significativamente nuestra resiliencia frente a la depresión y la ansiedad. Durante el sueño REM, el sistema glinfático trabaja activamente eliminando proteínas beta amiloides y Tau, relacionadas con el Alzheimer.
La privación del sueño afecta negativamente nuestras funciones cognitivas, alterando los niveles hormonales de serotonina, dopamina y cortisol. Para optimizar el descanso, resulta fundamental mantener:
- Una habitación oscura con colores tranquilos
- Temperatura ambiente adecuada
- Ambiente libre de ruidos molestos
- Ropa de cama de calidad y materiales naturales
Nutrición cerebral
La alimentación constituye un pilar fundamental para mantener la salud cerebral. Los pescados grasos, ricos en ácidos omega-3, son esenciales para formar células cerebrales y nerviosas. Los arándanos y otras frutas ricas en flavonoides ayudan a retrasar el envejecimiento cerebral.
La cúrcuma destaca por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias, mejorando la memoria y aumentando los niveles de serotonina y dopamina. Por otra parte, las nueces aportan efectos antioxidantes y antiinflamatorios que mejoran la cognición.
Es importante evitar alimentos con exceso de azúcares añadidos, ya que pueden provocar inflamación crónica y estrés oxidativo, factores que contribuyen al deterioro cognitivo. En cambio, una dieta rica en vitaminas B, antioxidantes y ácidos grasos omega-3 fortalece nuestras funciones cerebrales y, consecuentemente, nuestra capacidad resiliente.

Conclusión
La ciencia nos demuestra claramente que la resiliencia es una capacidad extraordinariamente adaptable que podemos fortalecer a lo largo de nuestra vida. Desde los cambios cerebrales hasta los hábitos diarios, cada aspecto contribuye significativamente a nuestra capacidad de recuperación ante la adversidad.
Los estudios científicos confirman que la combinación de factores biológicos, experiencias tempranas y hábitos saludables determina nuestra capacidad resiliente. Especialmente relevante resulta entender que, aunque los genes influyen en nuestra respuesta al estrés, las decisiones que tomamos día a día moldean activamente nuestra capacidad de adaptación.
La neuroplasticidad cerebral nos ofrece una perspectiva esperanzadora: siempre podemos fortalecer nuestra resiliencia. Mediante el ejercicio regular, una nutrición adecuada y un descanso reparad
or, construimos las bases biológicas necesarias para enfrentar los desafíos con mayor fortaleza. Sin duda, la resiliencia representa uno de los mayores regalos que podemos cultivar para nuestro bienestar presente y futuro.
FAQs
Q1. ¿Qué factores influyen en la resiliencia de una persona? La resiliencia está influenciada por una combinación de factores biológicos, experiencias tempranas y hábitos diarios. La calidad de las relaciones personales, especialmente con los cuidadores primarios, juega un papel crucial. Además, la autorregulación emocional, la empatía y la actividad física regular contribuyen significativamente a la capacidad resiliente.
Q2. ¿Cómo afecta la neuroplasticidad a la resiliencia? La neuroplasticidad permite que nuestro cerebro se modifique y adapte a lo largo de la vida, siendo fundamental para la resiliencia. Esta capacidad nos permite fortalecer nuestra resiliencia mediante el aprendizaje y las experiencias, independientemente de nuestra edad o situación.
Q3. ¿Qué papel juegan las hormonas en la respuesta al estrés? Las hormonas como la adrenalina y el cortisol son liberadas en situaciones de estrés. El cortisol aumenta la glucosa en sangre y mejora su uso en el cerebro. Sin embargo, la exposición prolongada a estas hormonas puede alterar los procesos corporales, afectando nuestra capacidad de resiliencia.
Q4. ¿Cómo influye la nutrición en la resiliencia cerebral? Una alimentación adecuada es crucial para mantener la salud cerebral y, por ende, la resiliencia. Los alimentos ricos en ácidos omega-3, antioxidantes y vitaminas B fortalecen las funciones cerebrales. Es importante evitar el exceso de azúcares añadidos, ya que pueden provocar inflamación crónica y estrés oxidativo.
Q5. ¿Por qué el descanso es importante para la resiliencia? Un sueño de calidad fortalece significativamente nuestra resiliencia frente a la depresión y la ansiedad. Durante el sueño, especialmente en la fase REM, el cerebro elimina toxinas y consolida la memoria. La privación del sueño afecta negativamente nuestras funciones cognitivas y altera los niveles hormonales, comprometiendo nuestra capacidad resiliente.